domingo, 23 de junio de 2013 in

La noche de San Juan: símbolos, ritos y fantasías. 3ª y última parte



La noche de San Juan: símbolos, ritos y fantasías. 3ª y última parte

“A las 12 de la noche me han venido a reclamar
tunda la tunda la tunda en la noche de San Juan
Me han sacado de la cama sin tiempo a considerar
tunda la tunda la tunda en la noche de San Juan
En la noche de las brujas, nochecica de San Juan
cuando salen los mochuelos y vigila el gavilán
Un ramico de tomillo hemos puesto en el zaguán
tunda la tunda la tunda en la noche de San Juan
El que quiera beber vino ya conoce la señal
tunda la tunda la tunda en la noche de San Juan
Dejaré la puerta abierta y el pestillo sin pasar
Y una luz en la bodega "pá" los que van ciegos ya”. (La Bullonera)

Amanece, el sol ya significa mucho, y, cuando el suave olor de las flores del incipiente verano comienza a despertar, paseo y me encuentro que, todavía no desaparecido, el riguroso y húmedo invierno ha reverdecido praderas, oteros, carrascales y vaguadas. Sé, lo he vivido, soy rural y hasta un poco rústico, que el verde homogéneo que en estos sanjuanes percibo es algo más que una ilusión óptica. Infinitos cromatismos que van del verdemar de la jara al azul translúcido de los tomillares lo conforman en inestables arco iris de clorofilas diferentes. En esas espesuras movedizas palpitan miles de quintaesencias curativas, creencias, purgas y supersticiones ancestrales, condimentos históricos, filtros afrodisíacos, principios tóxicos y, en suma, todo un concierto vegetal de olores, colores y leyendas capaz de incentivar al sedentario y hacerle salir al monte. 

Y hasta siendo muy, muy niño, créanlo, empecé recolectando manzanilla. Benéfica y eficaz camomila de las vaguadas frescas de  “Peña Herrera y de Ongañón”. ¡Cuántas veces, en mañanas sanjuaneras, salí al campo en hora temprana a recoger sus dorados botoncitos y esas brazadas de romero, tomillo o espliego, allí en “la Vacariza”, para, distribuidas por jarras o potes, constituir ese ambientador inmejorable para mi casa labriega! ¡En cuantas ocasiones tuve que acudir a la llamada de los aromas que por la ventanilla se colaban y frenar en la cuneta del camino que conduce hacia la Costeruela, Fonsorda, la Calera, Pedruguera, las Peladas, los Rubios, Pezuelas o Tirado del Canto, para echar al maletero odorantes genuinos y gratuitos!


Y, al despertar el día, “tunda la tunda la tunda en la noche de San Juan”, darme de bruces con, enramadas, hierbas, plantas, agua, refranes, oraciones y mozocitas con el cántaro de leche a la cadera; elementos esenciales para entender y entroncar esa mi celebración de San Juan con aquellas festividades paganas del mundo clásico, llamadas Palilia romanas.

Hoy en esta última y tercera entrega La Medusa, inspirada en sus paseos mañaneros, desea detenerse en lo que representaron, simbólicamente, las plantas, como imágenes de la vida, expresión manifiesta del cosmos, aparición primera de las formas, siendo y ostentación del misterio de la muerte y la resurrección en su ciclo anual. Las plantas y flores en general siempre fueron símbolos de la fugacidad de las cosas, de la primavera y de la belleza y entendí que su color siempre modificó su significación relacional: las flores rojas con la vida animal, la sangre y la pasión. La flor azul simbolizando lo imposible, la blanca la pureza y la lila, morada y negra a la muerte. Y el árbol, ¡ay el árbol!, representó y todavía representa a la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración y, como vida inagotable, equivale a inmortalidad. Algunos pueblos aún eligen como símbolo un árbol determinado al existir cierta asociación, como en la mitología, entre árboles y dioses. 

Y, andando por campos, cultivados o no, bordes de caminos y senderos, lindes de bosque, el bosque mismo, barrancos, hoces y riscos, parajes montaraces e inaccesibles, rocas aparentemente áridas y cauces secos de torrenteras, me hicieron comprender el ecosistema predilecto de las plantas, flores, hierbas y árboles  para las enramadas de San Juan como base cultual. Una de las costumbres del día de San Juan siempre fue poner un gran árbol adornado en lugar público, o colocar enramadas con un carácter generalmente amoroso: el galán colocaba su ofrenda floral delante de la casa de la mujer querida. La significación de esta costumbre fue y es variada: se enramaban las casas para preservarlas de daños o para alejar la mala suerte. Se bendecían las hierbas como defensa de las tormentas. Se engalanaban los balcones y puertas de las mozas como prueba de amor y virtud profiláctica mostrando ese carácter amoroso y poético, consecuencia de su carácter mágico. Se recogían hierbas y flores en la creencia de que eran útiles para disfrutar de efectos amorosos. Además las brujas las emplearon en sus hechizos o para contrarrestar a los propios hechizos.


¡Por favor, salgan al campo en mañana sanjuanera, recojan, no acumulen, herbarios florecidos, propios de la noche de San Juan y disfrútenlos en la verbena, esa que recibe su nombre al venderse sus plantas en sus propias romerías verbeneras! Aquí las tienen casi todas, por lo menos las que recogí y disfruté.

La verbena: Las  referencias literarias de esta planta son bastantes abundantes. Al hecho de recorrer los campos la noche de San Juan se le llama “coger la verbena”, de ahí puede venir el significado de  “verbena” como fiesta nocturna con música. Y siempre apoyada en La melisa: Que, de ordinario, se utilizó para disipar las ideas melancólicas y más en esta noche y, ¡por favor!, hagan acopio de hojas y semillas de eucalipto, cuyo sahumerio les aliviará las vías respiratorias cuando llegue noviembre.

Sepa usted, amigo lector que no es difícil, en cualquier latitud, dar con ese laurel de  doble uso de aromatizante culinario e infusión diurética. Antaño se le tuvo por erógeno; pero lo cierto es que siempre cundió más en la salsa del estofado que en la cabeza de Apolo. La hierbabuena goza de igual fama. Es muy abundante. ¡Hágase con ella, a la par, un buen té moruno en vaso y algunas ilusiones!

La camomila o manzanilla, siempre se recolectó como benéfica y eficaz tisana para alejar toda suerte de disturbios digestivos, al mismo tiempo que, preparando su banquete culinario, se ambientaba con ese romero, tomillo o espliego, perfumadores inmejorables, que, respetando su lagrimal, resultaban exquisitos como aderezo de asados y gigotes de ese cordero lechal sanjuanero.


Y el trébol, ¡ay el trébol!, hechizo de cuatro hojas para acarrear la suerte. Y el helecho, ese que florece la noche o la mañana de San Juan, cuando las brujas salen, acampan y lo recogen para sus hechizos. Y no olvidarse de la albahaca, valeriana y la ruda, siempre con aureolas mágicas. La albahaca y la valeriana aromáticas amorosas, así aparecen en la literatura, y preservadoras de brujas. La valeriana con esenciales propiedades mágicas para conciliar voluntades y estrechar relaciones entre los amantes. Y, ¡fricciónense!, si pueden, con la flor del sauco,  margaritas y esas hojas de sauces de río de altura. ¡Háganlo antes de que salga el sol, sirven para curarlo todo!

Terminado el paseo y la mañana, retírense a disfrutar del frescor de la bodega, entreguen, al mismo tiempo que disfrutan de esa leche frita preparada con primor, las plantas recogidas a la chica querida para que las macere en agua, al sereno de la noche, y lave su cara o la utilice como instrumento adivinatorio al día siguiente. Y,  si cae a mano, llamen a un clérigo, pídanle su bendición o, si no lo encuentran, agárrense al carácter supersticioso de esta su recolección y es que todas, se dice, florecen y fructifican en noche tan señalada.

Ah, se me olvidaba: nunca se les ocurra recoger en zona selvática lo que parece perejil silvestre: puede ser cicuta. 


Texto y fotos La Medusa Paca. Copyright ©

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