miércoles, 18 de enero de 2017 in

Sabores a recobrar




Venta de Venancio

Sabores a recobrar

«Estamos acostumbrados al frío, así que durante estos días hay que comer bien y hacer lumbre» (Palabras de un serrano)

Hoy con el tiempo, más bien temporal, que estamos disfrutando, me refugio al calor de esa cocina de hierro fundido y alimentada con troncos de encina que huelen a pasado. Pronosticaron ayer que hoy nevaba a nivel del mar, han acertado y yo me alegro y hasta salto de alegría. Estamos muy bien pertrechados. Justo hemos llegado a los días en los que la Pascua se alarga, hasta san Antón Pascuas son, y todavía no es tiempo de lucir tipo y de sufrir con el disfraz de las tan cacareadas y modernizadas dietas esclavistas. Hace frío, helador frio, transportado por ese fuerte y gélido viento de Levante. Y son tiempos para que los fogones humeen, regresen los platos de cuchara y digestión prolongada y nos sea permitido darnos el gustazo de disfrutar de los contundentes manjares que engrosan la gastronomía patria. Aquí estamos, disfrutando ya de esos olores que, nada más traspasar el zaguán de esa soñada estancia, aguzan nuestro apetito pensando en esos sabrosos platos, unos mejor que otros, que intentamos disfrutar satisfechos de recuperar, en ciertos casos, sabores medio olvidados. 

¿Quieren decirme con estos fríos que mortifican, parecen de otros tiempos, a quien no le viene bien ese tradicional pucherete capaz de sustanciar un sabroso guiso de garbanzos, patatas con chorizo o ese trozo de jamón a punto de expirar y que puede servirnos para bañar un añorado y apetitoso caldo casero? ¿Qué viajero hambriento puede resistirse hoy, pasado el día de san Antón, cuando toda España está congelada, al guiso de esa cocina tradicional para viajeros tragaldabas a base de pucheros, migas, arroces cortijeros o venteros, patatas revolconas con torreznos, alubias con manitas de cerdo, huevos fritos con chorizo superpicante de mi tierra riojana, tostón, cordero frito con patatas y unos callitos sin el adorno de los garbanzos?

Quiero dejar claro que el lugar con el que sueño degustar, cual zampón, debe ser ese aposento rústico y familiar, sin mesa y mantel para gourmets remilgados ni bistrós exquisitos, sino ese rinconcito de mesas corridas para disfrutones de los auténticos platos de nuestra cocina tradicional servidos en un ambiente de familia. Seguro será una experiencia que no se vive a diario. Me apetecen hoy, y ¿a quién no?, esas recetas de cuchara que quitan o agregan el hipo, esos guisos suculentos bañados con algún vino de altos vuelos y credenciales de viejas cepas que me inciten a tomarlo en alguna vetusta casa de comidas, tasca ilustrada, aunque su fachada sea poco atractiva. Me importa que el tal ventorro posea tal ambientación interior que haga subir al perol algunos enteros. Me interesa que el comedor, esos que casi siempre están al fondo, sea minúsculo y angosto. Y que se entre directamente de la calle sin que haya distracciones de barra de bar con pileta de granito y pizarras repletas de canapés, pinchos y raciones de todo tipo. Me cautivaría que, junto al fluido de las cazuelas, trajine cualquier doña Julia para poner ese punto magistral a cualquier olla invernal humeando ese delicioso morcillo estofado con patatas. Es mi deseo que el tronco básico de la carta ventera esté fundamentado en esos platos tradicionales que, con la cuchara en la mano, sepamos distinguir qué propuesta resulta más sabrosa, si las patatas con chorizo, una fabada con excelente compango, unas mantecosas verdinas con mariscos o cualquier otro guiso que ustedes deseen añadir, que haberlos ahílos. Y todos, cualquiera que fuere, guisados en puchero o cazuela de barro, aunque algunos sibaritas señalan a estos como recipientes trasnochados y con capacidad para perjudicar el sabor de los alimentos.  

Y por favor, déjense esas ventas de fruslerías e innovaciones y aplíquense a presentarnos, para poder elegir, algún chorizo a la sidra, albóndigas de boletos, aun sabiendo que estos escasearán este año al haber ido seco el otoño, una buena cazuela de alubias de Anguiano, un revuelto de setas y ajetes, unos olorosos fideos con caldo de vieja gallina y queso azul, unas carrilleras de ternera, unas picantes patitas de cordero o esas gelatinosas y sabrosas manitas de cerdo que harán que nuestro cuerpo retoce , y no olvidarse de ese pinchito de morcilla de Burgos, mejor si es de Covarrubias, adornado con ese piquillo carnoso y bien asado de las tierras del Ebro lodosano. 

Y ya, para cerrar la factura, no estaría de más rematar con ese arroz con leche, recuerdo de las madres, ¡ay las madres!, ese flan, cuajado al calor de la cocina económica que tanto nos acompaña en estos días o esa natilla con suspiros y galleta María. Y después del cuchareo y de acabar con “fartura”, ya saben, arréglenlo todo con una siesta. Esta apetece más que nunca. Es san Antón y hasta su día Pascuas son. Vale.  

Texto y fotografías La Medusa Paca. Copyright ©

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